Así fue pescar con mosca en Cochrane: agua cristalina, perca chilena, trucha marrón y dos cañas menos

Cochrane. ¡Apuesto a que no has escuchado de este lugar!, casi en la frontera con Argentina. Un pueblo típico de la Patagonia de Chile. Pueblo mediano, a mi parecer, con supermercado y farmacia, una Cruz Verde, si mi memoria no falla. La tradicional plaza en el centro, almacenes alrededor y el río con el mismo nombre que pasa aledaño al pueblo.

Te pongo un poco en contexto. Llegamos a este lugar en la mitad de un viaje por la Carretera Austral de dos semanas a finales de diciembre de 2024. Veníamos del Lago General Carrera, para quedarnos en unas cabañas al lado del río Cochrane. 

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La pesca había estado lenta, mmm no, ¡Lentísima en realidad! Cosa que normalmente no nos sucedía. Quizás habíamos tentado mucho la suerte los veranos pasados, ya que estos viajes los hacemos 1 vez al año y en cada uno la suerte nos había acompañado de una forma extraordinaria. Sin embargo, en esa última semana, yo, la Chica, había pescado puras truchas pequeñas y mi papá igual. Varias en verdad, pero pescarlas es fácil. Una mosca bien chiquita o una ninfa cafecita y listo, cero desafío. 

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De igual forma, estábamos pasándola increíble. Mi papá repetía que estaba agradecido de igual forma de poder pescar con nosotros y en lugares tan lindos como estos. No obstante, era algo que sentíamos que podíamos solucionar.  El único que había tenido un poco más de suerte era mi hermano Milan que, como siempre digo, él es talentoso para la pesca. Había logrado sacar 2 truchas lindas, grandes, de un par de kilos, pero los tres estábamos perplejos con la situación. 

Al llegar a estas cabañas nos recibió el dueño al que intentamos preguntarle si sabía la respuesta a nuestro problema y, para peor, nos dijo que en el sector donde están sus cabañas, como están relativamente cerca del pueblo, las truchas estaban muy “pinchadas”. ¿Qué quiso decir? Que ya las habían pescado mucho, que hay gente que se lleva las truchas sin los permisos correspondientes, sin cumplir con los requisitos para poder llevárselas. Entonces la población había disminuido o simplemente se había movido de lugar. Nos recomendó un par de lugares para ir a pescar, un lago llegando a Argentina y que pasáramos por el Parque Nacional Patagonia, hermosos por cierto.

Los paisajes a los que nos enfrentamos en este viaje nos son familiares. Sin embargo, cada vez que los volvemos a ver resultan tan impresionantes que el privilegio de admirarlos nunca lo hemos dado por sentado. El contraste entre la pampa amarillenta e infinita, que cubre montes y montañas del Parque Nacional Patagonia, y el frondoso bosque de coihues y ñires, que aloja nidos de aves que cantan durante todo el día, es simplemente sobrecogedor. Uno pasa de la inmensidad abierta y seca de la pampa a la fresca vegetación que soporta el fuerte viento de los temporales de invierno. Incluso el aroma allá es diferente, es fresco, leñoso y al acercarse al río se vuelve único, esa combinación entre la humedad que trae el agua con las flores y árboles cercanos es perfecta.

Recuerdo con claridad el momento en que entré al agua por primera vez ese año. Fue, sin duda, emocionante. El agua helada se sentía, a pesar del grueso material de los waders, pegándose a mis piernas como una segunda piel. La sensación es exactamente la misma que estar con ropa mojada, uno se acostumbra con el tiempo, pero al inicio estás constantemente pensando que tienes todos los pies y calcetines mojados después de un largo día de pesca. 

Como hacemos estos viajes cada año, tenemos todo lo necesario para pescar, excepto un bote, mi sueño. Las logísticas de eso van en nuestra contra, por lo que la solución es que nos contactemos con un guía local de pesca, obviamente, dueño de un bote, para llevarnos a algún sitio que conozca en el río y vamos pescando con él, aprovechándonos de su experiencia. 

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Milan, que tiene el rol definido de esas comunicaciones, agendó con un tal Cristián (Dunkler fly fishing) para unos días más.

Día de la expedición de pesca con guía 

Hora de levantada, 5 a.m., porque a las 6 teníamos que estar en el pueblo para encontrarnos con Cristián. Por suerte, la cabaña quedaba cerca del pueblo, y dejamos todo listo la noche anterior. El guía nos llevó a un lugar en el río Cochrane donde iríamos los 4 en su bote de madera a remo. 

El río Cochrane es uno de los ríos más maravillosos que hemos visto en Chile. Suena como una exageración, pero su agua era realmente cristalina y reflejaba la luz del sol, que venía recién saliendo, de una forma hermosa. Íbamos contra corriente, subiendo por el río, y yo que iba en la proa, miraba por si veía alguna trucha en el agua. Con el río así de transparente se podían ver muchísimas, y se asustaban apenas notaban la presencia del bote, y al nadar como torpedos río abajo, todos las alcanzábamos a ver. Llegamos con el bote lo más lejos que pudimos, lo que nos permitía la vasta vegetación que rodeaba el río, en una pequeña planicie al borde que nos permitía pescar con seguridad. El guía, que tiene un ojo mil veces más entrenado que nosotros, los santiaguinos, nos mostraba exactamente dónde tirar para ver si la trucha te notaba.

 Un tiempito estuvimos así, hasta que —no podía ser de otra forma— mi hermano sacó una de las truchas más grandes que hemos pescado. Era una trucha marrón, con lunares brillantes, que Milan y Cristian habían logrado observar desde la orilla, pero que se escondía al otro lado opuesto de donde estábamos. Incluso lo glorioso no fue solo el logro de pescar la mejor trucha del viaje, sino que la mosca que había elegido Milan para castear, y que Cristian había sugerido, era una streamer negra, que imita probablemente una babosa o algo similar, que yo había atado en la cabaña hace un par de días

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Era la primera trucha que Milan pescaba con una mosca que había atado yo. ¡Todos estábamos en las nubes y yo saltaba de felicidad!

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Cristian propuso seguir río abajo. La idea ahora era otra: remando a contracorriente mientras nosotros teníamos las moscas y varios metros de línea en el agua. Me atrevo a tomar una pausa para explicar una de las reglas de la pesca de mi familia: en un bote normalmente solo pueden pescar 2 personas al mismo tiempo y, si es trolling, dejando la línea y la mosca en el agua trabajando sin castear tan seguido, uno a cada lado del bote, ya que si estuviese otro, la probabilidad de enredar las líneas en el agua es altísima. Por lo que la decisión de quien se queda sin pescar es del que último pescó una trucha, en este caso, Milan. 

Así vino mi primera trucha del día. Sin embargo, no fue tan fácil. Después del primer pique, y en el frenesí del escape, la trucha decidió esconderse bajo unas ramas en el fondo del río y así enredar toda mi línea, entonces la pelea duró varios minutos. Quizás suena corto decir que fueron 5 a 6 minutos, pero confía que se siente como una eternidad mantener tensa la línea todo ese tiempo. Las manos duelen, la fuerza que hacía poniendo todo mi peso hacia atrás y confiando plenamente en que la caña no cedería, la espalda, mis manos y brazos ya empezaban a renunciar. Cristian intentaba maniobrar el bote para que yo lograra desenredarla, pero sin frutos. Mi hermano y mi papá grababan la escena mientras hacían comentarios poco útiles.
—Andi, ¿estás segura que no es una rama nomás? —decía mi papá.
—No se ve nada todavía —decía mi hermano.
Pasaban los minutos y la trucha no se movía. Mi caña doblada y yo estática manteniendo la tensión. Yo había sentido tirones antes, provenientes de algo vivo probablemente, y rezaba para que no se tratara de una rama y se convirtiera en una de mis peores vergüenzas pescando.
—Apúrate ya, me estoy aburriendo —repetía Milan, haciéndose el chistoso.
Con toda la fuerza que había hecho, la trucha ya se encontraba cansada. Sentía que mi carrete ganaba línea. La trucha se estaba desenredando, al fin.
—Ahí está, le veo la cola —gritó Cristian.
—Por fin —pensé, no era una rama.

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Lento, lento, no importa cuanto tiempo llevemos, no puedo apurarlo, porque podría cortarse la línea todavía.  Mis manos ya me temblaban, mi caña constantemente doblada prácticamente al máximo, pero la adrenalina de lograr subir la trucha al bote vencía mi cansancio. Después de todo el esfuerzo, la maldición de pescar solo truchas pequeñas se estaba rompiendo. Lograr subir esta trucha al bote ¡fue toda una victoria!

Continuando con la regla que les comenté previamente, me tocaba a mí mirar cómo mi papá y Milan pescaban. El día seguía estando maravilloso y, con las horas que pasaban, el frío del amanecer se volvía al calor de la media mañana. Muchísimas golondrinas volaban con una rapidez y perfección que me entretenía. Con el afán de la honestidad, y porque me acordé del gracioso momento, había tantas golondrinas que sucedió lo que nunca nos había pasado: mi hermano, al castear, le pegó a una de las golondrinas. Ahora bien, a ella no le pasó absolutamente nada, siguió volando, quizás un poco confundida, pero como si nada. Y la mirada de Milan después del suceso, y el garabato exclamado, viven en mi memoria por siempre.

Como podrían esperar, el próximo en tener un pique fue mi hermano, que no podía soportar estar empatado con su hermana menor. Esta vez no fue una golondrina, sino una trucha arcoíris, brillante y desafiante, que convirtió el río en un escenario. Saltó fuera del agua una y otra vez, sacudiendo la línea con fuerza, como si supiera que tenía que defender el honor de mi hermano. Cada salto arrancaba un grito o un sonido de sorpresa, hasta que, finalmente, logramos acercarla y ponerla en la red. La emoción en su cara, y la leve tensión por haber roto el empate, hablaban por sí solas.

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Pasaba el tiempo, y llegamos a otra planicie donde nos bajamos del bote para continuar la pesca. Hasta el momento, lo que mejor había funcionado eran las moscas grandes (anzuelos 4-6), streamers de colores oscuros: negros, cafés, anaranjados y verdes. En esta orilla podíamos ver las truchas patrullar en los pozones, pero sin suerte. Esta vez, Milan decidió seguir pescando desde la orilla, mientras nosotros con mi papá, que no había tenido la misma suerte que nosotros con la pesca, seguíamos en el bote. Así logró pescar su tercera trucha, que nosotros solo pudimos ver a lo lejos, mientras Milan la alzaba en el aire.

Recuerdo cómo Cristián me apuntaba hacia un pozón para lanzar exactamente allí, donde sabía que había peces, específicamente percas, aunque yo no lograba hacer tiros decentes. De pronto, mientras recogía la mosca, sentí un tirón. Me encantaría poder transmitirte esa sensación tan única, tan deseada, que me invade con tan solo escribir y recordar esos instantes. No era un tirón muy fuerte, pero sí me pareció levemente distinto. No se movía tanto como lo hacen las truchas. Y de a poco, cuando pudimos reconocer el aspecto del pescado, Cristián gritó:

-¡Es una perca!-

Mi papá y yo nos miramos. Ninguno de los dos había pescado una perca antes. Sinceramente, era horrible. Las truchas tienen patrones de coloración bellísimos: las arcoíris son literalmente iridiscentes, y las marrones pueden tener lunares con centros rojizos muy llamativos. Pero este pez tenía una cabeza desproporcionadamente pequeña, ojos amarillos saltones y escamas verdosas. Parecía más un sapo que un pez.

Cristián rápidamente se puso unos guantes, cogió la perca con la red y, luego, tomándola desde la boca y el vientre, me miró y me dijo: 

-No puedes tocarle el lomo, las espinas son venenosas y te puede pinchar la mano.- 

Mi cara de sorpresa e incredulidad fue incluso fotografiada por mi padre, que tenía la misma cara que yo.

Era la primera vez que nos decían que en Chile había un pez de agua dulce venenoso. En este caso, era su aleta dorsal la que podía pinchar e inflamar la piel de la mano. 

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Lo que nos contó Cristián, posterior a la devolución de la perca al río, es que la perca es la única especie de “trucha” que es originaria de Chile, a diferencia de las truchas arcoíris y marrones que fueron traídas desde el extranjero y, debido a las condiciones del ambiente, pudieron reproducirse sin problemas. Nuevamente victoriosa, la primera de la familia en pescar una perca, era un título que no me lo quitaría nadie y una gran historia para contar después.

Misma técnica de antes: trolling y Cristian remando, mi papá y yo en el bote. Después de que la mosca llegara lo más lejos posible, uno empezaba a recoger la línea, de a tirones, literalmente, rítmicos y cortos. Mi mosca ya estaba cerca del bote, la lograba ver en el agua; era entre café y naranja, cuando desde la seguridad de unas algas salió un truchón a comerse mi mosca. Alcancé a escuchar el grito de Cristian, tiré mi caña y mantuve tensa la línea, rezando que se enganchara la trucha. Mi papá recogiendo rápidamente su línea para evitar que se enreden ambas cañas. Milan gritaba y corría desde la orilla, y la trucha, que inicialmente estaba a 1 metro del bote, ahora estaba en lo profundo y nadando río abajo con toda su fuerza.

Es un par de instantes lo que dura la pelea, sin embargo, describirlo es infinito. La línea debe siempre estar tensa para evitar que se salga el anzuelo, y la trucha puede cambiar de dirección y, en el frenesí, nadar hacia ti, y si no logras recoger a tiempo, ese anzuelo no durará enganchado. Pero no puede estar tan tensa la línea, si no, corremos el riesgo de que se corte, y la cantidad de lugares en los que se puede cortar la línea son miles, nudos pequeños crean fricción y dañan la línea y pescando todo el día la probabilidad de que haya nudos en mi línea era altísima.

—Con calma chica, lento—escuchaba de mi papá.
—La caña mirando para arriba —decía Cristian.

Y yo tratando de no perder la trucha a toda costa, tirar leve la línea e ir acercando la trucha al bote y a Cristian, que ya tenía la red en sus manos. Escuchaba a mi hermano gritándome instrucciones desde la orilla. Con fuerza y confianza logramos meter a la trucha en la red. Otra trucha marrón, pero esta era muchísimo más oscura y grande. Su cabeza del porte de mi mano, 2 a 3 kilos como mínimo, un poco más chica que la que Milan pescó al inicio, pero mas larga.

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La celebración en conjunto fue magnífica. Todos estábamos en las nubes, tratando de disfrutar y recordar ese momento, que debía ser lo más breve posible para no dañar de más a la trucha y devolverla al agua lo antes posible. Un par de fotos rápidas y, luego, mi gran trucha volvía a su hogar.

Si recuerdo bien, eran alrededor de las dos de la tarde. Estábamos muertos de hambre, las manos ya dolían de tanto sostener y lanzar la caña, así que decidimos parar a almorzar en una playita, donde nos encontramos con mi hermano. Me acerqué a Milan, que estaba sentado esperándonos. Me pareció que sucedía algo extraño. Él, mientras haya tiempo libre, siempre está pescando.

—¿Quieres ver algo chistoso? —me pregunta.

No alcanzo a responderle cuando se da vuelta y agarra algo, me muestra su caña… partida en dos. Tragedia.

Me reí, pero en el fondo sentí una mezcla entre pena y compasión, porque sé cuánto valora cada una de sus cañas, pero él reflejaba en su cara que ya tenía asumido las consecuencias de este hecho.

Risas nerviosas, un par de garabatos y Milan explicando cómo la había roto. Escuchó cómo se trizó al pescar su tercera trucha y, al llegar a este mismo lugar, se le enganchó en una rama. Al tirar con fuerza, la caña cedió.

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El gran problema era este: no habíamos subido al bote las cañas de repuesto por el poco espacio que teníamos en el bote. Nos miramos en silencio, como si recién entendiéramos el verdadero alcance del problema. Milan, que por suerte ya había pescado suficientes truchas ese dia, no tuvo tanto problema en ceder su puesto para pescar en el bote, y decidimos que el plan sería rotar las dos cañas restantes entre los tres. Aunque sabíamos que con solo dos cañas, cada pique se volvería aún más preciado. Y de alguna forma, eso lo hizo más entretenido.

Mientras esperábamos el almuerzo, Milan y yo logramos ver una trucha frente a nosotros. Me pide si puede usar mi caña un rato y yo, como buena hermana compasiva, obvio que se la presté. Primer tiro, bien, segundo tiro: se engancha la mosca en una rama, Milán tira, la caña cruje. Nos miramos. Revisamos el daño… quizás sobrevive.

—Si rompo la caña no es culpa mía —dice mi hermano.
—Prefiero que la rompas tú, creo —le respondo.

Milán lanza otro tiro… y la mitad de mi caña sale volando hacia adelante. Nos miramos y nos morimos de la risa. Vuelta instantánea para contarle a mi papá lo sucedido. Mi papa no lo podía creer. Lo primero que hizo fue llevarse las manos a la cabeza y después se quedó un par de segundos en silencio, mirando a Milan con una mezcla perfecta entre resignación y burla. Milan, el especialista en romper cañas, la suya y la mía. A decir verdad, durante el día había un tramo de mi caña que cada 1 hora aproximadamente se soltaba y debía estar ajustándolo constantemente, y revisando el lugar donde se había quebrado era allí, estaba trizada la conexión entre ambos tramos, por lo que no encajaban como antes.

¿Y ahora qué pasaba? Nos quedaba una sola caña para los tres, y lamentablemente la de mi papá era considerablemente peor que las nuestras. Tuvimos que contarle a Cristián y decidimos volver a la camioneta para buscar las cañas de repuesto e ir a otro sector del río, más abajo y cerca del pueblo, para continuar la pesca hasta que terminara el día.

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Lamentablemente, el resto del día no logramos pescar nada más. Especialmente mi padre que, a pesar de todo el esfuerzo, era el que más tiempo estaba pescando, no logró sacar una trucha ese día. El agotamiento y el hambre a las 5 de la tarde nos consumía, nuestras manos agrietadas y sucias por estar todo el día entre el bote y la caña. Pero la sonrisa se mantenía, lo lindo que había sido el día, lo hermoso y claro del agua del Cochrane que nos permitió entretenernos por horas viendo a las truchas nadar, era inolvidable. Y después de todo el día pescando decidimos finalizar la jornada e iniciar el retorno a la cabaña.

Al volver a la cabaña, Milan se puso manos a la obra, ya que no soportaba no tener una caña buena para continuar la pesca, (las cañas de repuesto que teníamos fueron las primeras que compramos, que son igual de duras que un palo de bambú). Nos quedaban 7 días de pesca restantes del viaje y el siguiente destino era el río Baker, uno de los más caudalosos de Chile, por lo que Milan contactó a una tienda de pesca en Coyhaique que Cristián había recomendado para comprar nuevas cañas. Coyhaique quedaba a 4 horas en auto de Cochrane, y en estas conversaciones logramos no solo comprar 2 cañas nuevas, sino también que las enviaran por paquete en bus, para nosotros pasarlas a buscar en unos días. 

El agotamiento del equipo, después de un largo día de pesca con pocos descansos y mucho casteo, estaba en su punto máximo. La despertada de madrugada, algo casi ritual en lo que llamamos nuestras vacaciones, ameritaba, por fin, un buen descanso. La espalda, el hombro, el brazo y la mano eran lo que más dolía y el frío se sentía más intenso al caer la noche, pero era un cansancio dulce, merecido, de esos que solo llegan tras un día realmente vivido. El tener que cocinar cualquier cosa en este estado, cuando la noche ya caía, solo nos dio fuerza para calentar los fideos instantáneos que mi hermano detestaba, pero que los compramos específicamente para noches como estas. El simple hecho de que la sopa caliente el cuerpo y llene el estómago vacío es acogedor.

Tradicionalmente, en las noches de estos viajes hacemos un asado y una ensaladita, que preparamos entre mi papá y yo, mientras Milán continúa pescando hasta que se va por completo la luz del día. Después de comer, volvemos a la cabaña, que ha estado calentándose gracias al calor que emana la bosca, y entre todos ordenamos el desastre de las cañas, los waders mojados, las cajas de moscas, etc. Limpiamos la mesa y nos sentamos a jugar unas partidas de truco. El perdedor del truco, normalmente, duerme en la peor cama o lava la loza. Por lo mismo, hay mucho en juego.

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Ese tiempo es sagrado. No solo jugamos cartas, sino que también recapitulamos cómo fue el día: qué consejos nos dimos, qué moscas perdimos, cuáles funcionaron y atrajeron a las truchas, si se aprendió algo nuevo o si hay que reemplazar algún tramo de la línea. Esos pequeños trabajos los repartimos entre los tres. Si puedo y tengo los materiales, yo me pongo a atar una mosca siguiendo las indicaciones precisas de Milan; si se cortó el tippet o incluso la línea, él se encarga de reemplazarla correctamente. Mi papá, en cambio, suele encargarse de ordenar, cuidar el fuego del asado o servir la comida o un té.

Claro que todo lo anterior se olvida cuando volvemos tan cansados que lo único que buscamos es comer algo rápido y acostarnos. En esos días, hasta el truco queda en pausa.

En mi caso, antes de dormir, salí a dar una vuelta alrededor de la cabaña, buscando esa señal débil, pero suficiente, para enviar las fotos de mis triunfos, y los de mi hermano, a mis amigas, mi pololo y mi mamá. Era una especie de cierre del día, el conteo final de truchas (¡y perca!) pescadas, una forma de compartir con quienes no estaban allí, pero que, de alguna manera, también eran parte del viaje.

Después, me acostaba esperando que el sueño llegara pronto y que, con suerte, pudiera revivir en sueños cada momento del día: el agua cristalina, el sol reflejado en el fondo del río, el tirón perfecto en la caña y las truchas pescadas. Porque días como ese, tan hermosos, parecen planeados por los dioses de la pesca, y uno solo puede agradecer que nos haya tocado a uno.

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