Vadear sin miedo: lo que nadie te cuenta de la pesca con mosca en el sur de Chile

Mi papá, que empezó a pescar desde chico, hizo lo mismo con nosotros: mi hermano y yo crecimos viajando al sur de Chile para pescar en familia. Eso nos enseñó, desde temprano, a respetar el río y la naturaleza; lo que al principio era pura improvisación, hoy es casi un ritual. Al comienzo pescábamos desde la orilla con cañas tradicionales, sin mayores riesgos, pero hace más de diez años nos convertimos a la pesca con mosca y al vadeo. Mi papá y mi hermano fueron los primeros en tener waders de esos plásticos de goma en los que uno se caía cuatro veces como mínimo en un solo día, lo que obviamente nos motivó a buscar opciones más eficientes de waders. Con el tiempo —y a porrazos— aprendimos varias reglas, tanto de seguridad como de comunicación, que siento no se hablan lo suficiente entre pescadores, principiantes, aficionados e incluso algunos más expertos.

Hace poco hicimos un viaje al río Puelo y llevamos a un amigo de mi hermano y a mi pololo, ambos con nula experiencia, para enseñarles a pescar con mosca desde cero.

Por eso, esto es una guía práctica que te servirá si eres principiante, si quieres enseñarle a alguien o simplemente como recordatorio para prevenir accidentes y malos ratos que interfieren con lo que amamos.

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Una de las primeras “leyes” tiene que ver con el espacio: la pesca con mosca necesita mucho espacio físico para un lanzamiento bueno y seguro. Si eres diestro, la línea viajará por tu derecha; por eso, asegúrate de que no haya nadie detrás y que, si tienes a alguien al lado, se ubique siempre a tu izquierda. En mi familia —y me imagino que en muchas otras— tenemos una costumbre simple: cada vez que necesito pasar por detrás de un pescador, aviso en voz alta “¡Estoy atrás!”; me aseguro de que me escuchen y, solo entonces, paso.

Como la comunicación se complica por el ruido del río y en el vadeo es crucial explorar y avanzar por el río, estamos separados casi la mayor parte del tiempo.  En mi familia, como en tantas, las personalidades afloran mientras pescamos: mi papá, en modo protector, siempre está atento a dónde está cada uno; en cambio, mi hermano, desde los 12–14 años, se volvió un pescador independiente y aventurero. Su frase típica era y sigue siendo “voy más arriba” o “voy más allá”, y en respuesta se volvió habitual preguntar “¿Dónde está Milan?”.

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Como la pesca con mosca exige movimiento, de nada sirve quedarse más de 30 minutos en el mismo lugar lanzando si no hay ninguna actividad, alejarse del grupo es tentador, pero implica riesgos. Nuestra regla es mantenernos a la vista y, si pasa un rato sin ver al otro, silbar fuerte. El silbido ha sido una herramienta clave (me costó dos años que me saliera bien). Al oírlo, la persona debe obligatoriamente, asomarse para confirmar que está viva y así continuar con lo importante, la pesca.

En segundo lugar: lentes de sol y jockey no son para salir lindo en las fotos ni para parecer publicidad de Patagonia (aunque igual sí); son seguridad real para tus ojos y tu cara. Un lanzamiento propio o ajeno puede desviarse por viento, enganches u otros factores y clavarse en tu cara o, peor, en tus ojos. Varias veces la mosca, llevada por el viento, me ha chocado contra los lentes. Son momentos peligrosos que se previenen fácilmente: lentes polarizados y jockey.

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La tercera costumbre es más simple: llevar el mapa descargado en el celular. Antes de perder la señal, Milan —el encargado en mi familia— abre Google Maps y marcamos el alojamiento, los puntos de entrada y salida del río, y esos pozones o playitas tentadoras. Parece un detalle, pero cuando cae la tarde y el viento te desordena las referencias, el mapa te salva. Más de una vez, alojados en plena Patagonia sin una pizca de señal, encontrar una dirección “en la mitad de la nada” y a oscuras habría sido casi imposible sin el mapa offline.

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El cuarto hábito pesa poco y vale oro: el botiquín. Ya conté que en mi familia hay roles; este es el mío. No es un quirófano, pero alcanza para lo probable: gasas, vendas elásticas, antiséptico, antihistamínico, una pinza buena y una mini tenaza para anzuelos. Como estudiante de medicina lo digo sin pudor: el accidente más tonto es el que más rabia da.

 Un día perfecto puede terminar en un corte evitable, tobillos doblados, caídas o —lo que más respeto me da— un anzuelo cerca del ojo. De nada sirve dejar el botiquín en el auto si vas a estar a kilómetros río arriba; debe ser compacto para llevarlo en la mochila. Lo que sobre, queda en el auto.

El quinto punto es quizá la inversión más útil que convencí a mi papá de hacer: walkie-talkies. Partimos con unos chinos básicos hace un par de años, que sobrevivieron caídas al río y a las piedras hasta que murieron dignamente. Hace dos años compramos modelos más profesionales, a prueba de agua, y han sido perfectos para nuestra dinámica. Puede sonar exagerado llevar radios en 2025, pero los ríos de la Patagonia no saben de 5G. La necesidad constante de explorar de Milan y la preocupación permanente de mi papá se resolvieron con un “¿Milan donde estas? Cambio”. Mensajes cortos, canal definido, batería cargada: listo.

Y no es solo para confirmar que el otro esté vivo o muerto: recupera una comunicación que el ruido del agua, el viento o la lluvia te arrebatan. Los usamos para todo: pedir una mosca, avisar un pique, coordinar un cambio de sector, celebrar una captura y escuchar “la historia” detrás de la trucha, pedir consejos, pedir ayuda si te enganchaste o tienes un nudo porfiado, etc.

Walkie Talkie 1
Seba Pescando

La última costumbre, propuesta por mi hermano, es el salvavidas. Hacemos más vadeo que pesca desde bote, y lo usamos según lo peligroso que se vea el cuerpo de agua. En ríos caudalosos como el Baker, el Puelo o el Futaleufú me lo pongo sin vergüenza; incluso me sirve de cinturón del wader porque es negro, pequeño, discreto y se ata a la cintura. Ninguno de nosotros lo ha tenido que activar —son de un solo uso, con cartucho que infla el chaleco—, pero me da confianza para entrar un poco más en el río, sobre todo a mí, que soy más baja y el agua me llega rápido a la cintura.

También se lo pasamos a los principiantes en ese viaje a Puelo cuando los llevamos por primera vez: les dio seguridad para moverse sobre rocas resbalosas y musgo cuando estaban aprendiendo.

Todo esto suena serio, y lo es, pero la seguridad no está para quitarle la magia a la pesca, sino para cuidarla. Cuando tienes las bases resueltas, la cabeza queda libre para lo importante: leer el agua, imaginar qué mosca funcionará hoy y concentrarte en el lanzamiento. Es curioso cómo estos objetos —radio, salvavidas, mapa y botiquín— se vuelven parte del viaje, ocupan un lugar fijo: discretos, fieles y siempre a mano. No estorban: están ahí como la red o el tippet, esperando el día en que de verdad los vas a necesitar, a diferencia del walkie-talkie, que lo usamos 24/7. No se trata de temerle al río, sino de entenderlo y respetarlo.

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